lunes, 25 de mayo de 2015

Bañamos tanto a Glenda

Me levanté, la tomé de las muñecas, la arranqué limpiamente de la cama y la solté. Cayó de cara y dejó escapar un grito. Uno de sus pies se había enganchado en la colcha; al caer, la arrastró, y en su contorsiones de dolor, la fue enroscando alrededor de su cuerpo. Se había partido el labio superior y cuando se dio cuenta, intentó cubrirse la cara con las manos; pero para entonces ya la colcha la apretaba firmemente y ella, en su borrachera y su confusión, la apretaba cada vez más.
Manoteé la colcha, di un tirón, levanté a Glenda del piso y la trompeé en pleno costillar. Dejó de gritar porque no podía hacerlo y respirar al mismo tiempo. Revoleaba los ojos enloquecida, sin saber muy bien lo que pasaba. La arrastré fuera del dormitorio hasta encontrar el baño. La empujé a través del umbral, la así por la nuca y la metí de cara en el agua de la bañera. Pero como tenía los brazos sujetos por la colcha, se fue hacia adelante hasta hundirse totalmente. Un golpe de agua salpicó una de las paredes laterales, inundó uno de mis zapatos y me mojó los pantalones. Me incliné sobre la bañera y la saqué. La colcha se desprendió y se extendió por la superficie del agua que quedaba. La rodilla de Glenda chocó contra el borde de la bañera; abrió la boca con un rictus de dolor pero no gritó. Una vez que estuvo de pie la senté en el borde de la bañera y sujetándole las muñecas con una mano dejé la otra libre.
—Bueno. Ahora. Dime lo de la película.
Su cabeza se balanceaba de lado a lado. Tenía la mirada perdida. La abofeteé.

(Ted Lewis, Asesino implacable, Buenos Aires, Grupo Editor de Buenos Aires, 1974, pág 120)


viernes, 22 de mayo de 2015

La nueva Clase Media

En el interior, el decorado era típico de una película británica de categoría B, solo que mucho mejor iluminado.
La clientela creía ser selecta. Había chacareros, propietario de estaciones de servicio, dueños de cadenas de cafeterías, electricistas, constructores, dueño de canteras: la nueva Clase Media. Y ocasionalmente, pero nunca con ellos, sus terribles retoños. Jóvenes que piloteaban máquinas Sprite, de acento no muy refinado pero diez veces mejor que el de sus padres, con sus botas de cabritilla, sus chaquetas de caza, sus amigas educadas en colegios semi-distinguidos; probando la suerte de los sábados, después de la cerveza en el Cisne Negro, con la esperanza de una buena racha que acelere la realización de los sueños: un Rover para él, un auto pequeño para ella, y el chalet moderno, estilo campesino, no lejos de la autopista, para facilitar las compras en Leeds los fines de semana.
Mire a mi alrededor y vi a las esposas de la nueva Clase Media. Ninguna vestida con elegancia. Ninguna que no diera la sensación de estar enferma de celos o de envidia. De jóvenes, no habían poseído nada; la suerte había llegado junto con la guerra, y el cambio las había tomado tan de sorpresa que no podían dejar de ambicionar cada vez más, siempre insatisfechas. Era esa clase de gente la que me convencía de que yo tenía razón.

(Ted Lewis, Asesino implacable, Buenos Aires, Grupo Editor de Buenos Aires, 1974, pág 52)


miércoles, 20 de mayo de 2015

Jack & Frank

Teníamos que recorrer catorce kilómetros en bicicleta, pero valía la pena. El Río ancho, tres kilómetros en algunas partes, y las orillas siempre estaban desiertas; y nos gustaba más en el invierno, cuando el viento soplaba bajo el ancho cielo gris y nosotros, bien arropados, caminábamos a largos trancos a contra viento y sacábamos de repente la escopeta para apuntar a la nada.
Fueron los mejores momentos que tuve muchacho. Solo con Frank, a la orilla del río. Pero eso fue antes de que empezara a detestarme, a odiarme por mi falta de escrúpulos.
Tampoco yo rebosaba, precisamente, de amor fraterno antes de abandonar el pueblo.
Pero él siempre con esa cara de asco, como si todo lo que yo hiciera fuese una mierda. Siempre dándole la razón a Pa, aunque rara vez habría la boca. Pero me lo hacía entender por la forma en que me miraba. Quizá por eso lo odiaba alguna veces: me daba cuenta de lo bien que creía conocerme. Bueno, tenía razón. ¿Y qué c...? No había ninguna necesidad de que se portase como se portaba. Cuando me empezó a odiar, yo era la misma persona que había sido antes. Solo que había aprendido unas cuantas cosas. Y el que él no viera esas cosas como la veía yo, eso era todo lo que le importaba de mí. Cuanto menos se hablara de mí y conmigo, tanto mejor. No entendía que las peloteras que se me armaban con papá se debían casi siempre a la forma en que Frank me trataba.
Ahora, todo eso era historia antigua. Tan muerta como Frank. Ya no había nada que hacer. Pero había algunas cosas que yo podía arreglar. Aunque sólo fuera en memoria del pasado.

(Ted Lewis, Asesino implacable, Buenos Aires, Grupo Editor de Buenos Aires, 1974, pág 18)


lunes, 18 de mayo de 2015

El Día de la Creación

Al principio sólo oscuridad. El traqueteo del tren, los reflejos en las gotas de lluvia, la oscuridad. Pero si uno sigue mirando más allá de los reflejos llega, por último, a divisar el resplandor que trepa hacia el cielo.
Es leve al principio, uno piensa en una parva, quizá un tambor de petróleo o algo parecido, que se incendiara por detrás de la colina, más allá del alcance de la vista. Pero entonces se advierte que hasta las nubes se vuelven incandescentes y uno comprende que tiene que ser algo más grande. Poco después, el tren pasa entre dos colinas y toma por una curva que llega hasta el pueblo: una pequeña franja de luz, brillante, concentrada; más allá del pueblo, en los alrededores, se descubre el origen de aquel resplandor: una media docena de fundiciones de acero llegan hasta el borde de la hondonada semicircular formada por las colinas; llamas trepando hacia las alturas —suaves rojos palpitando en el interior de los locales dedicados a la colada, calor blanco chisporroteando en los altos hornos—, las ennegrecidas estructuras de los talleres, el inmenso resplandor, todo parece la versión de Disney del Día de la Creación. Aún después de que el tren se interna entre los patios traseros de la casas, los fondos de las estaciones de servicio y la hilera de faroles demasiado brillantes, el centelleo de la cinta de llamas en el cielo continúa atrayendo la mirada.

(Ted Lewis, Asesino implacable, Buenos Aires, Grupo Editor de Buenos Aires, 1974, pág 6)


martes, 12 de mayo de 2015

Get Lewis

Asesino implacable, Ted Lewis

La historia de la literatura está plagada de injustos olvidos. Libros y autores a los que un misterioso funcionamiento combinado de mercado, años, circunstancias editoriales y vaya a saber uno qué pila de otros factores termina condenando al ostracismo, para la enorme desgracia de nosotros, los lectores. Me animo a decir que, en el campo de nuestro amado género negro, el de Ted Lewis es uno de esos casos.

Nacido en Manchester y criado en el norte industrial de Inglaterra, Ted Lewis tuvo una corta carrera, ya que el trago le ganó la batalla cuando tenía apenas 42 años. En un artista de su estatura, tiempo suficiente para escribir algunas novelas que fundaron el género negro británico. Ni más ni menos. Y no es que lo diga yo: lo dicen David Peace (1), James Sallis, Max Alan Collins, Derek Raymond, y una parva de críticos. Y lo ponen a Lewis en ese pedestal gracias a esta, su primera novela. Asesino implacable es la traducción de su título original, Jack’s return home. El debut de Lewis fue adaptado al cine rápidamente, en la memorable Get Carter (Mike Hodges, 1971), con Michael Caine en el papel de Jack Carter (2). Get Carter está considerada la mejor película criminal británica, incluso mencionada entre las mejores películas británicas de todos los tiempos. Tal fue el impacto de su adaptación que la novela misma fue reeditada desde entonces con su nuevo título en inglés, Get Carter. (3)


Jack Carter es el narrador de la historia. Es un matón que trabaja en Londres, a las órdenes de dos hermanos (según dicen algunos, inspirados en los míticos Kray). La novela comienza con Carter volviendo a su pueblo natal, a velar a su hermano. No es que desbordara de amor fraterno, más bien todo lo contrario: hay un odio antiguo ahí, entre dos hermanos que eligieron caminos opuestos en la vida. Mientras Jack alejaba cada vez de la ley, Frank era un tipo recto, que crió solo a su hija, Doreen, de quince años. Un tipo legal que jamás se excedía con el whisky. Nunca. Por eso a Jack le resulta extraño saber que Frank ha muerto en un accidente de ruta, totalmente borracho. Por eso decide volver a casa y averiguar la verdad.

Frank trabajaba en un bar, propiedad de unos mafiosos locales. Esto lo sabe Jack. También sabe que esos mafiosos del norte son socios de sus propios patrones de “el hollín”, que es la forma en que allí se refieren a Londres. Desde luego, sus jefes intentan desalentar el viaje de Jack. No les interesa crear conflicto alguno en esa zona. Pero resulta que por estos días, y más por una mujer que por asuntos de trabajo, la lealtad de Jack con sus jefes es más bien escasa. Desobedece y viaja igual, para confirmar, ahí arriba, todas sus sospechas, e internarse en un fin de semana de locura y muerte, alimentado por su necesidad de venganza, de cerrar cuentas en la tormentosa relación con su hermano.

¿Por qué asignarle a esta novela estatura canónica dentro del género negro inglés? Mis motivos son varios.

El primero, el personaje de Carter. Cruel, violento, no le importa nada cuando se propone un objetivo. Mata y golpea a todo el que se interponga en su camino, incluso a mujeres. No le tiembla el pulso al traicionar a sus jefes. Conoce (porque es su medio de vida, y porque es muy inteligente) la maraña de poderes sucios debajo de la superficie de una sociedad anestesiada por el bienestar de la posguerra. Ambiguo, tiene una mirada crítica del status quo del que él mismo saca provecho. Un personaje tan importante como los mejores del género. Resumiendo, y para relacionarlo con otro monstruo más conocido, Carter sería algo así como una versión proletaria del Parker de Stark/Westlake.

Tanto la historia como el estilo son hardboiled puro y duro. Sin respiro, acelerado, violento, desencantado y crudo. Ni siquiera la relación de Carter con su hermano Frank, en la que juega un rol importantísimo su sobrina Doreen, contagia de sentimentalismo ni a la historia ni al personaje. En cambio, les da volumen dramático a ambos, apartando a Carter del estereotipo del mero pistolero a sueldo. Hay una historia muy dolorosa ahí, que es el motor que lo impulsa en ese fin de semana de sangre.

Hay más: la ambientación en un escenario distinto de la gran ciudad, en el norte de Inglaterra. Si bien no se menciona el pueblo, podemos imaginar que es como el lugar en el que creció el propio Lewis. Acerías, humo, ladrillos y calles grises son el decorado industrial del que Lewis muestra el lado oscuro: no la prosperidad, sino la decadencia y el crimen. Lewis describe con poesía triste y rabiosa el hacinamiento en los barrios bajos, el alcohol que todo lo baña, los bares repletos, la niebla del tabaco, los zares del juego, la prostitución y el porno levantando con pala sus fortunas. Toda la podredumbre que asoma por debajo, en una época en la que sólo hay ojos para el swinging London, las bandas pop, las minifaldas.

Una perla de este valor merece un mejor destino entre los amantes del género en nuestro idioma. La única edición que se conoce (de esta novela, y de toda la obra de Lewis) es de 1974 (4), hoy prácticamente inhallable. Si sirve como consuelo, parece que hasta en su inglés original Lewis ha sido un autor difícil de encontrar. Recién a partir de 2004 una editorial independiente de Nueva York se ha propuesto reeditar toda su obra. Ojalá lo logren. Sería al menos un avance, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador/editor que acierte a publicarlo en castellano.

Traducción: Matilde Horne



(1): David Peace la ha mencionado en entrevistas como la novela de la que tomó muchos elementos para 1974, primer volumen del adorado Red Riding Quartet.

(2): el film se estrenó en castellano como, justamente, Asesino implacable, lo que explica el extraño título elegido para la publicación de la novela, posterior a dicho estreno.

(3): hubo otras adaptaciones de la novela, ninguna muy valorada por la crítica. Una fue Hit man (George Armitage, 1972), una versión blaxplotation de la historia (con Pam “Jackie Brown” Grier). La otra, más reciente, fue Get Carter (Stephen Kay, 2000), con Stallone en el papel principal.

(4): La presente edición es del Grupo Editor de Buenos Aires, para su colección de policiales Laberinto.  Nada muy digno de mención salvo por una cosa: la traducción. Resulta evidente que fue hecha en Argentina, tanto por el uso, algo forzado, de modismos locales (los policías son “canas”, el saludo, “chau”, el bolígrafo, “Biro”, Carter lleva la ropa en un “bolsón”, etc.) como por esa censura algo naif que "sugería" reemplazar “hijo de puta” por “h… de p…” o carajo por “c…”. Estas curiosidades algo molestas me llevaron a reparar en el nombre de la traductora. Gran sorpresa me llevé cuando vi que se trataba de Matilde Horne, la misma que tradujo a Tolkien para la Minotauro de Porrúa. Aunque arriesgaría que se trató de uno de sus primeros trabajos, vale la mención para recordar cómo fueron las cosas alguna vez en esta orilla del Río de la Plata.


Seguí pinchando: si asumimos que Ted Lewis está en el ADN del noir británico, qué mejor que darse una vuelta por algunos de los eslabones posteriores de esa evolución. Primero con Derek Raymond, creador del detective sin nombre, de La Fábrica, y después con los contemporáneos (y simultáneos, aunque muy diferentes) David Peace y Jake Arnott