viernes, 31 de mayo de 2013

O´Hara por Madrid

Los pasos chulescos y algo saltarines de O’Hara, ese andar con suavidad y desenvoltura de fumador de opio, llamaban inconscientemente la atención de los viandantes sobre su persona. Por esas calles sólo transita la elegancia de piernas largas de la niña compulsiva que corre a hacer su primera compra; el aplomo de los hombres con maletín que suelen estar a punto de dirigir el mundo; la aristocracia contagiada de las criadas de casa bien; el servilismo estatutario de los porteros; la sexualidad feraz de las secretarias al ser vomitadas por la boca del metro que las ha traído mojando braga desde cualquier medioburgués  extrarradio hasta la cima del mundo, y palabras embusteras disfrazadas de hedge funds y cash flow.
Y O’Hara en el medio. Con sus gafas de sol horteras compradas a un chino por cuatro pavos. Los rizos despeinados de haber pasado otra mala noche. Su ropa desplanchada de soltero. Un cigarro algo torcido en la boca. Barba de dos desvelos deslavando su cara. A O’Hara nunca le habían agradado los servicios diurnos en los barrios pijos. De los barrios pijos sólo le interesaban, profesionalmente hablando, las criadas liberadas del atardecer y los adolescentes asesinados a golpes por porteros de discoteca muy pasados de testosterona y farla.

(Aníbal Malvar, La balada de los miserables, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 204)


jueves, 30 de mayo de 2013

Paco de Poniente El Bracero

Siempre que la luna se ponía furcia de gasas encelajadas, como aquella noche, el Tirao se acordaba de su padre, Paco de Poniente El Bracero. Y revivía los patios guitarreros y el sabor del vino de pitarra, y a los zánganos como él saltando hogueras y a las viejas sucias escupiendo dientes casi póstumos en los geranios de las corralas.
A mediados de los setenta, su padre, Paco de Poniente El Bracero, empezó a llamar la atención de los flamencólogos y los flamencófagos de Sacromonte por sus cantes de rudeza obrera poscomunista, por sus experimentos sonoros con los boshnegros rumanos, por sus seguiriyas cósmicas, por su vindicación de las culturas romaní y nazarí, y por una voz macho que a la vena gorda le sacaba armonías rabiosas. Al Bracero le grabaron en el Sacromonte, con una Tascam de ocho pistas y una mesa de mezclas que prestó el mismísimo Rafael Farina, una casete que tituló Paramitsha —cuentos de hadas, en romaní— y que se vendió mucho en las gasolineras y en las fondas camioneras de Granada.
Poco después, el éxito trasladó a la kumpania lejos de Poniente, a Madrid. Vendieron la furgoneta por cuatro perras gordas y El Bracero grabó otro disco, pero éste se ahogó en el torrente de la movida madrileña. Empezaron a pasarlo mal. Sobre todo por culpa del Tirao y de su amria, su maldición, y se acabaron muriendo todos, los hijos por dentro y los padres por fuera.

(Aníbal Malvar, Labalada de los miserables, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 104)


miércoles, 29 de mayo de 2013

Gitanazos lentos (un billete de cincuenta)

El Tirao y la Muda vieron por última vez al Calcao mezclarse en la corriente de ejecutivos con resaca prematura, yonquis anafilácticos, mendigos, maricones de urinario, pijas con carmín en los labios vaginales, niños del éxtasis, mirones ciegos de vino, guineanos con cajones de pulseras, reclutas con permiso para matar, cuarentonas con todas las canas al aire, secretas cantosos, vampiros fanados, diletantes con sueño, ladrones honrados y solitarios vecinos del sexto que han preferido, una noche más, bajar las escaleras antes que arrojarse por el balcón.
Entre aquella bandería indisciplinada de lacayos de la luna caminaban la Muda y el Tirao, gitanazos lentos, dejándose mirar. Él con su cara de póquer recién perdido y ella tonta, descalza y feliz, agarrada a su brazo y sujetando descuidadamente con la mano libre los zapatos de tacón.
Tengo que reconocer que estaba a gusto en los bolsillos del Tirao. Pensaba que desde allí no podía hacer daño a nadie, y eso, tratándose de dinero, no se puede asegurar desde cualquier bolsillo. Lo dice un billete de cincuenta.

(Aníbal Malvar, La balada de los miserables, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 23)


lunes, 27 de mayo de 2013

Almas desaparecen del Poblao

La balada de los miserables, Aníbal Malvar

Una niña, la niña Alma, desaparece del Poblao, un asentamiento miserable de las afueras de Madrid. Enseguida culpan a un vagabundo, débil mental. El Patriarca del Poblao, un gitano al que apodan el Perro, el abuelo de Alma, encuentra al sospechoso y le pone dos cartuchos del doce en el pecho. Luego se entrega: ¿fin del caso?

No, no es el fin del caso. En una Madrid adormecida, presente pero velada, los muertos hablan. Las niñas ausentes escriben cartas a sus madres adictas, esas muertas en vida. Y Pepe O’Hara, el policía desquiciado, se pone tras el caso. No es es único: también están la periodista cheta (pija) y sensible que siente culpa por su origen de cuna de oro, y la monja feminista que suministra metadona a los yonquis. Ellas trabajan en el mismo barro que transitan el Tirao y la Muda, el Bellezas y la Fandanga. El barro por el que también se mueve la droga los albaneses. Es que en todo el Poblao hay demasiada gente con cuentas por pagar…

Con una estructura coral, la novela que entrega Malvar es alucinada y alucinante. Un viaje poético al argot gitano, a un arrabal habitado por personajes vivos, bien caracterizados. Como el Tirao y la Muda —ex heroinómano uno, prostituta la otra, pungas de Gran Vía los dos—, muchos de ellos son gitanos, pero cada uno tiene una identidad definida. Desde luego, el personaje más interesante es Pepe O’Hara. De nombre real José Jara, es un policía ultra inteligente, mujeriego y con todo tipo de problemas relacionados con las adicciones. No muy apreciado entre sus pares, cuenta con la fiel compañía de otros dos Pepes: Pepe Ramos, un inspector feísimo, y Pepe el loro, que interviene en las discusiones de ambos policías diciendo “gilipollas” con gran sentido de la oportunidad.

Esta historia de miseria tiene de todo: traficantes de drogas, matones que golpean, mafias públicas y privadas y poderosos que aplastan. Sin embargo, es a partir de la ausencia de la niña Alma —nombre gitano, ¿nombre simbólico?— que la trama se desarrolla. La brutalidad implícita en la desaparición de niñas y niños, con el propósito que sea, me estremeció como lo hizo la lectura de esa pesadilla maravillosa que es Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás. Así de desgarradora se pone por partes La balada de los miserables. A decir verdad, mientras escribo este comentario pienso en la cantidad de literatura negrocriminal que se está produciendo alrededor de los niños y los adolescentes. De los asesinatos, de los abusos a los que son sometidos. Del desprecio por sus vidas, que es como el desprecio por nosotros mismos. Sin hurgar en la prensa diaria y sólo repasando lo comentado en este blog aparecen los nombres de la mencionada Cristina, de Diego Ameixeiras (gallego como Malvar), del británico David Peace, del enorme Andrew Vachss, de Indridason, de McCabe: es la literatura como termómetro de los tiempos que corren.

Pero, volviendo a La balada, hay que decir que la maestría de Aníbal Malvar se hace patente en el hecho de que logra estremecer no desde el gore, no desde el relato llano de la aberración que sangra, no. Por el contrario, Malvar lo hace manejando una ajustada elipsis y dosificando muy bien el humor para darle al lector un respiro. Pero sus mayores logros son la poesía del lenguaje que elige para una historia durísima, y el acierto en las voces de esta novela coral. Ambas opciones —poesía, voces— colaboran para transmitir un desplazamiento del realismo seco que uno espera en una narración negra, de esta temática, en este ambiente lumpen. ¿Por qué? Porque los narradores pueden ser personas vivas, pero también muertas; animales como un loro o una rata, o directamente cosas como una placa de policía, un billete de cincuenta euros, la Luna o la luz de una mañana. Un recurso técnico muy interesante en sí mismo, pero que, bien puesto al servicio de la historia como lo hace Malvar, aporta brillo extra a esta novela sorprendente.

Una grata sorpresa que se distancia, saludablemente, del mar parejo y plano que inunda las mesas de novedades del género. Como lector, no puedo menos que agradecerla.


4/13

jueves, 23 de mayo de 2013

Vivir sin música


… ella se levantó de la mesa, fue hasta el equipo de música, se agachó y se puso a curiosear entre mis escasos cedés. Sigue sin gustarte la música, Gafitas, dijo entonces. Algo parecido dice mi hija, respondí. Pero no es verdad. Lo que pasa es que la escucho poco. ¿Y eso?, preguntó Tere. Iba a decir que no tenía tiempo de escucharla, pero me callé. Mirando las carátulas de los cedés, Tere añadió, entre divertida y decepcionada: Y encima no conozco a nadie. Me levanté de la mesa, me agaché junto a Tere, cogí un cedé de Chet Baker y puse una canción que se titula “I fall in love too easily”. Cuando la música empezó a sonar, Tere se incorporó y dijo: Suena vieja, pero bonita. Luego se puso a bailar sola, con la copa de vino en la mano y los ojos cerrados, como buscando el ritmo oculto de la canción; cuando pareció que lo encontraba dejó la copa sobre el equipo de música, se acercó a mí, me echó los brazos al cuello y dijo: No se puede vivir sin música, Gafitas.

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 224)



miércoles, 22 de mayo de 2013

La frontera azul


—Era una especie de versión oriental de Robin Hood. Me acuerdo muy bien de la carátula: con una melodía de fondo que aún podría tararear, las imágenes mostraban un ejército informal de hombres a pie y a caballo cargados con armas y estandartes, mientras la voz en off del narrador recitaba un par de frases siempre idénticas: “Los antiguos sabios decían que no hay que despreciar a la serpiente por no tener cuernos; quizás algún día reencarne en dragón. Del mismo modo, un hombre solo puede convertirse en ejército”. El argumento general era simple. Estaba ambientada en la Edad Media, cuando gobernaba China no sé qué dinastía y el imperio había caído en manos de Kao Chiu, el favorito del emperador, un hombre corrupto y cruel que había convertido una tierra próspera en un desierto sin futuro. Contra la opresión solo se levantaba un grupo de hombres rectos capitaneado por el antiguo guardia imperial Lin Chung; entre ellos había una mujer: Hu San-Niang, el lugarteniente más fiel de Lin Chung. Los integrantes de ese grupo estaban condenados por la justicia del opresor a una vida de forajidos en las riberas del Liang Shan Po, un río cercano a la capital que también era la frontera azul del título, una frontera real pero sobre todo una frontera simbólica: la frontera entre el bien y el mal, entre la justicia y la injusticia. Por lo demás, todos los episodios de la seri seguían un esquema parecido: a causa de las vejaciones infligidas por Kao Chiu, uno o varios ciudadanos honrados se veían obligados a cruzar al otro lado del Liang Shan Po para unirse a los bandoleros honrados de Lin Chung y Hu San-Niang. Esa era la hisotia que se repetía sin demasiadas variaciones en cada capítulo.
—Y usted de algún modo empezó a identificarse con ella.
—Quite el de algún modo: ¿para qué sirven las historias si no es para identificarse ellas? Y sobre todo: ¿para qué le sirven a un adolescente?

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 76)


martes, 21 de mayo de 2013

Ósmosis


—Además de un abogado de éxito es usted un abogado curioso.
—¿Qué quiere decir?
—Que antes de ser abogado fue delincuente, lo que significa que conoce de primera mano los dos lados de la ley. Eso no es tan común.
—No lo sé. Lo que sí sé es que un abogado y un delincuente no están en los dos lados de la ley, porque un abogado no es un representante de la ley sino un intermediario entre la ley y el delincuente. Esto nos convierte en tipos equívocos, de moral dudosa: nos pasamos la vida tratando con ladrones, asesinos y psicópatas y, como los seres humanos funcionamos por ósmosis, lo normal es que acabemos contaminados por la moral de ladrones, asesinos y psicópatas.

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 190)

lunes, 20 de mayo de 2013

Justicia


—¿Sabe? Yo creo que para ser un buen abogado hay que ser un poco cínico, porque el abogado tiene la obligación de defender a ladrones y asesinos, y encima, como es natural, se alegra si los ladrones y asesinos que defiende no son condenados. En esa injusticia se basa la justicia: hasta el peor de los hombres tiene derecho a que alguien lo defienda; de lo contrario no hay justicia. Esto puede parecerle desagradable, y lo es, pero la verdad casi nunca es agradable.

(Javier Cercas, Las leyes de la frontera, Barcelona, Mondadori, 2012, pág 240)

sábado, 18 de mayo de 2013

Fronterizos


Las leyes de la frontera, Javier Cercas

En los primeros años del postfranquismo, un chico de clase media que vive en la ciudad de Girona, Ignacio Cañas, no sabe que su vida está por torcer el rumbo para siempre. Él es un charnego, hijo de inmigrantes españoles llegados a Cataluña, que reparte sus días entre la escuela y los “recreativos” (como si fueran los fichines nuestros). Un día conoce a una banda de pibes que vagabundean por la ciudad, fumando porros y tomado cerveza. La lidera un tal Zarco, y a su lado brilla con luz propia la que parece su novia, Tere. Son quinquis de las afueras. Ignacio, a quien han apodado “Gafitas”, casi sin darse cuenta pero atraído por una Tere inalcanzable, cruza la frontera y empieza a frecuentarlos.

La banda, aburrida de perder el tiempo entre billares y alcohol, comienza a dar pequeños golpes para hacerse con algo de plata y seguir de juerga. Luego vienen golpes más grandes, hasta que un día el asalto a una mansión termina mal. Alguien sopló el dato y la policía los espera. El Zarco —a esas alturas un mito de la delincuencia juvenil conocido en toda España— cae preso. Tere y otros también, pero el Gafitas no. El Gafitas logra escapar.

Treinta años más tarde, un escritor recibe el encargo de producir un libro acerca del mito del Zarco. Para eso contacta a Ignacio Cañas, por entonces un prestigioso abogado de Girona, con su familia bien constituida. También contacta al inspector Cuenca, un policía que persiguió a la banda por aquellos años, y al director de la prisión de Girona. Pero es el testimonio de Cañas el que hila toda la trama de esta muy interesante novela. Porque él es el paralelo de la vida de el Zarco: su cómplice primero, su abogado después, su competidor siempre.

Estructurada como un diálogo de largos monólogos, por decirlo de alguna manera, la narración transcribe las entrevistas entre el escritor y estos tres personajes. El escritor los hace hablar, preguntándoles lo mínimo indispensable para que ellos mismos muevan la narración, recordando los hechos de aquellos años. Esta característica de “entrevista” que evoca sucesos del pasado invita a los entrevistados a la reflexión, a la introspección. Y uno de los tantos méritos de Cercas es que, a pesar de ese tono por momentos reflexivo, el ritmo de la historia nunca decae. Mantuvo perfectamente mi interés. Es una estructura interesante la que elige el autor, pero que exige al máximo su solvencia técnica para darle fluidez a un relato que cambia todo el tiempo de discurso directo a indirecto y viceversa. Muy buen ejemplo para estudiar en este aspecto.

Hay que decir que Las leyes de la frontera no es una novela negra tradicional. Tiene un costado negro en la historia del mítico delincuente juvenil, ese a quien el propio sistema gusta de etiquetar como “el rebelde anti-sistema”, sin molestarse en ir más allá del rédito mediático que pueda sacarle. Delincuentes que existieron en la España de la transición, y existen hoy en todas las sociedades. También puede leerse como un relato histórico de aquellos primeros años de democracia incipiente en España, lo que naturalmente interesará más a los lectores españoles. Pero este libro es, por sobre todo, una historia dramática del amor enfermizo — de esos amores que marcan para toda la vida— entre tres: el Zarco, Tere y el Gafitas. Es una historia sobre los orígenes, el destino y las fronteras —geográficas, sociales, morales— que se cruzan, y de las que no siempre se vuelve.

Y en ese sentido tiene, como todas las buenas novelas, un valor universal.
4/13

martes, 7 de mayo de 2013

Marselleses


Eran de Marsella. Marselleses antes que árabes. Con la misma convicción que nuestros padres. Como lo éramos Ugo, Manu y yo a los quince años. Un día, Ugo preguntó: “En mi casa, en casa de Fabio, se habla napolitano. En tu casa, habláis español. En clase aprendemos francés. Pero, al final, ¿qué somos?”
­—Pues moros, está claro —respondió Manu.
Casi nos morimos de risa. Y ahí estaban ellos ahora. Reviviendo nuestra miseria. En las casas de nuestros padres. Tomándose esto como un paraíso en mano y rezando para que durase. Mi padre me dijo una vez: “No te olvides: cuando llegué aquí, a primera hora de la mañana, no sabíamos si comeríamos al mediodía o no, pero al final comíamos”. Ésa era la historia de Marsella. Su eternidad. Una utopía. La única utopía del mundo. Un lugar en el que cualquier persona, de cualquier color, podía bajar de un barco, o de un tren, con la maleta en la mano, sin un duro en el bolsillo y fundirse en la marea de los demás. Una ciudad en la que, nada más poner el pie en el suelo, ese hombre podía decir: “Aquí es. Estoy en mi casa”.
Marsella pertenece a quienes viven en ella.

(Jean-Claude Izzo, Total Khéops, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 206)