jueves, 12 de septiembre de 2013

Bombardeo

El viento sigue soplando mientras la sirena empieza a sonar, mientras la voz de la radio de ella anuncia que los aviones enemigos ya están en la punta sur de la península de Izu, y luego las sirenas empiezan a sonar con más fuerza y la voz se vuelve más apremiante y Yuki corre hasta el armario, abre la puerta corredera y se mete entre las mantas, con el corazón a cien y los ojos muy abiertos, escuchando ya el petardeo de las bombas incendiarias o los silbidos de las bombas de demolición.
 Primero viene la lluvia y luego los truenos
 –Vuelvo en un momento –le digo yo.
 Esta noche yo no tendría que estar aquí
 Bajo las escaleras y salgo a la calle.
 La gente está corriendo, escarbando.
 Tendría que estar en mi casa
 Escondiendo cosas en el suelo de tierra.
 En sus refugios.
 ¡Pum! ¡Pum!
 Las baterías antiaéreas se han activado, los reflectores surcan el cielo, sorprendiendo a los aviones mientras empieza el fuego.
 Gente con maletas, gente en bicicleta.
 ¡Bombardeo! ¡Bombardeo! ¡Llega el bombardeo!
 Huelo humo. Me pongo la capucha de los bombardeos.
 ¡Rojo! ¡Rojo! ¡Bomba incendiaria!
 Miles de pasos en la calle.
 ¡Corred! ¡Corred! ¡Coged un colchón y arena!
 El ruido ensordecedor del cielo.
 ¡Bombardeo! ¡Bombardeo! ¡Llega el bombardeo!
 Me caigo al suelo, al suelo de tierra.
 ¡Negro! ¡Negro! ¡Ya llegan las bombas!
 Pero ya no hay más que silencio.
 ¡Tapaos los oídos!
 Me vuelvo a levantar. Entro corriendo en la casa.
 ¡Cerrad los ojos!
 Subo las escaleras y entro en el armario para coger en brazos a Yuki, para sacarla de la casa, a la calle, las casas en llamas, la tienda de la esquina, mientras el viento arrecia y las chispas vuelan, la llevo en brazos por el puente, el canal lleno de gente, un callejón en llamas, y el siguiente y el siguiente, el cruce bloqueado en las cuatro direcciones por animales de compañía y bebés, perros y niños, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, soldados y civiles, dando tirones y agarrones, repartiendo golpes y empujones, dando tumbos y cayéndose, yendo a parar al suelo con cada nuevo petardeo, con cada nuevo silbido, pisoteando y aplastando a los más pequeños y a los más viejos, soltando una mano y perdiendo a una criatura, llamando a gritos y dando media vuelta, repartiendo empujones y golpes, dando tumbos y cayendo, pisoteando y aplastando.
 Yo no tendría que estar aquí
 Tengo que decidir para dónde voy, hacia dónde escapar; por tres de los lados las casas están en llamas, todo el mundo está empujando en la única dirección que queda, pero en esa dirección no hay campos, solo hay edificios.
 ¡Bombardeo! ¡Bombardeo! ¡Llega el bombardeo!
 Me tiro a la zanja que hay a un lado de la calle con Yuki todavía en brazos y embadurno nuestras capuchas y nuestras mantas de barro negro y agua oscura. Vuelvo a cargar con Yuki y la saco de la zanja, en dirección al incendio, en dirección a las llamas, pero ahora ella está luchando para soltarse de mis brazos, desesperada por escapar.
¡Negro! ¡Negro! ¡Ya llegan las bombas!
–¡Olvídate del fuego! –le susurro–. Olvídate de las bombas y confía en mí. Al otro lado de estas llamas está el río, al otro lado de estas llamas hay vida…
¡Tapaos los oídos! ¡Cerrad los ojos!
Ahora Yuki se agarra con fuerza y asiente con la cabeza, mientras regresamos corriendo a los incendios, mientras regresamos a las llamas.
Regresamos a la guerra, a mi guerra
         
(David Peace, Tokio año cero, Barcelona, Mondadori, 2013)


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