martes, 28 de febrero de 2012

Nada es fácil para el viejo Easy

Rubia peligrosa, Walter Mosley



Conocí a Ezekiel “Easy” Rawlins en su primera novela, El demonio vestido de azul. Desde entonces, o desde que vi su adaptación al cine, me resulta difícil poner a Easy otra cara que no sea la de Denzel Washington.  ¿Cuál es el problema? Ninguno: le va perfecto.

En aquella primera historia, Easy llevaba unos pocos años como veterano de guerra, y su patria y su ciudad ya lo habían puesto en su lugar nuevamente: volvía a ser un negro pobre, tratando de sobrevivir en Los Ángeles. Desde entonces hasta Rubia peligrosa han pasado unos cuantos años y episodios (Rubia… es la décima ¿y última? novela de la serie). Ya estamos llegando al final de los años 60, y se supone que el mundo ha cambiado…

Easy empieza a sentirse viejo. No viene de buena racha: lleva un año arrepintiéndose de haber echado a Bonnie, la mujer de su vida. Y ahora que ella se va a casar con otro, Easy está por fin conociendo el dolor en el corazón. En medio de ese panorama, su amigo Navidad Black —excombatiente de Vietnam, una máquina de matar— desaparece. Su hija, la pequeña Amanecer de Pascua (*) queda viviendo en casa de Easy. Pregunta todo el tiempo por su papá. Menos mal que Easy tiene hijos, nuera, nieto, y entre todos se ocupan de la nena. Pero queda planteado el primer caso: ¿qué pasó con Navidad? ¿Quién es la enigmática rubia del retrato olvidado por él, caído tras un sofé? ¿Y esos soldados que también lo buscan por cielo y tierra?

Por otra parte, el usurero Pericles Tarr es asesinado. Su viuda y la policía culpan a Raymond “Ratón” Alexander. Raymond es un temible asesino, amigo de Easy de toda la vida y como tal, una especie de “alter ego” oscuro del propio Easy. El asunto es que Ratón ha desaparecido. Etta Mae, su esposa, convencida de su inocencia le pide a Easy que lo encuentre antes que la policía.

Buscando respuestas para estos dos casos va Easy, a través de una ciudad que aún se está sacudiendo de los disturbios de Watts. En pleno 1967, pero lejos de cualquier Verano del Amor, va Easy arrastrando la certeza de su soledad, su vacío de Bonnie. Una mochila demasiado pesada para un tipo como él.

Creo que por ahí está la atracción que me provoca este personaje. Es humano. No solamente porque el autor disponga hábilmente piezas a su alrededor (una familia, un amor, mujeres: si todo se redujera a eso, un mero tablero de ajedrez, sería muy fácil para cualquier novelista construir su Easy). No, no es eso solamente. Hay más. Easy Rawlins es un personaje que ha sufrido mucho en su vida, desde la infancia hasta la guerra, y no poco de ese sufrimiento vino por el color de su piel. Es cierto que también tuvo sus momentos buenos, pero también ha cometido equivocaciones —como casi todos nosotros. Pero lo que lo humaniza es la voz de Easy. Esa voz que Mosley sabe darle con su escritura que es directa, pero no chata; que es profunda pero no vueltera; que logra enfrentarse a temas como la cuestión racial en el Gran País del Norte sin caer en el golpe bajo ni en la frase gratuitamente sesuda; que construye diálogos precisos y descripciones de la longitud necesaria; que conserva el ritmo de la narración y lo respeta, respetando por lo tanto al lector.

El tipo de serie que tiene bien ganado su status de best seller.

(*): cuando me encuentro con nombres así me pregunto cuáles son los criterios de los traductores. Si Easter Dawn es Amanecer de Pascua, ¿por qué Christmas Black es Navidad Black y no Navidad Negra? ¿Por qué el otrora “Mouse” Alexander es aquí “Ratón” Alexander? Y, pregunta del millón: ¿cómo es que aún nadie planteó un “Fácil” Rawlins en vez de “Easy”, eh? Es dura la vida del traductor de Mosley…

Traducción: Ana Herrera
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domingo, 26 de febrero de 2012

DF


La ciudad escupía a sus huestes a las avenidas. La ciudad no perdonaba las horas de sueño maldormidas, el frío que estaba haciendo, la falta de calor en el cuerpo; la ciudad no perdonaba los malos humores, los desayunos a la carrera, la acidez, la halitosis, el hastío.
La ciudad lanzaba a sus hombres a la guerra cada mañana. A unos con el poder en la mano, a otros simplemente con la bendición rastrera de la vida cotidiana.
La ciudad era una reverenda porquería.

(Paco Ignacio Taibo II, Cosa fácil, Bogotá, Editorial Norma, 2010, pg 158)

viernes, 24 de febrero de 2012

Compañía


Encontraba un enorme placer en observar la minúscula punta, brasa rojiza, del cigarrillo en medio de la oscuridad total. Sin embargo, el no ver el humo le hacía sentir como si no fumara. Se dolía de la pérdida de sensibilidad en la laringe y la garganta, atascadas de la impresión rutinaria del vicio. Volvía a preguntarse, si no sería mejor de una vez por todas dejar de fumar, si no merecía la pena olvidar y dejar enterradas para siempre las bronquitis una vez al año, los amaneceres con sabor a cobre entre los dientes, la angustia de no tener tabaco en medio de la noche. Se lo preguntaba, y contestaba negativamente. Volvía a la brasa solitaria en el enorme cuarto oscurecido.

(Paco Ignacio Taibo II, Cosa fácil, Bogotá, Editorial Norma, 2010, pg 37)

jueves, 23 de febrero de 2012

Mantenerse mexicano


Saboreó el líquido dulzón. Se quejó mentalmente del aumento de precio. No tenían madre. Todavía se acordaba de cuando costaban cuarenta y cinco centavos, y no hacía tanto tiempo.
Era su forma de mantenerse mexicano. Mexicano de todos los días, compartiendo las quejas, protestando por el alza de las tortillas, encabronándose por el aumento del pasaje en los camiones, repelando ante los noticieros infames de la televisión, quejándose de la corrupción de los policías de tránsito y los ministros. Mentando madres por la situación nacional, por el deplorable estado del gran basurero nacional, del gran estadio azteca en que habían convertido nuestro país. Aunque solo fuera a partir del hermanarse en la queja, en el desprecio y en el orgullo, Belascoarán ganaba su derecho a seguir siendo mexicano, su posibilidad de no convertirse en una vedette, en un marciano; su oportunidad de no perder distancia con la gente.

(Paco Ignacio Taibo II, Cosa fácil, Bogotá, Editorial Norma, 2010, pg 31)

martes, 21 de febrero de 2012

Detective a la mexicana

Cosa fácil, Paco Ignacio Taibo II


A Paco Ignacio Taibo II lo tenemos de mil lugares. Primero, como responsable de ese paraíso con forma de colección que sigue siendo  “Etiqueta Negra” de Júcar. Ahí el tipo elegía las novelas y escribía los prólogos. Y ni unas ni otros pasaban desapercibidos, nunca. Suele suceder cuando la gente sabe de lo que habla. Y, por supuesto, también lo conocemos por ser el responsable de la mítica Semana Negra de Gijón, tan atacada hoy. Mil cosas: historiador, biógrafo del Che Guevara… y novelista. Porque, sí, alguna vez me tenía que llegar, y agradezco que así haya sido, la hora de encontrarme con una novela de PIT II, la hora de conocer al famoso Héctor Belascoarán Shayne.

Cosa fácil es la segunda historia protagonizada por este detective mexicano de apellidos contrastantes (para ver quién es Héctor Belascoarán Shayne, nada mejor que darse una vuelta por lo de Alice: Mis detectives favoritos es perfecto para aquellos aficionados a las biografías de personajes). Y son pocas las páginas que necesita el autor para poner a su protagonista frente a tres casos, todos imposibles de rechazar.

Primero, un misterioso viejo en un bar, a cambio de una bolsa de monedas, le pide a Héctor que busque a Don Emiliano Zapata, el revolucionario mexicano. ¿Muerto en 1919? ¿Rodando por Centroamérica, empujado otras revoluciones? Lo que sea que haya pasado, pero el viejo quiere pruebas.

En segundo lugar deberá encontrar al asesino de un ingeniero. Dicho así parece un caso cualquiera. Pero hay detalles: 1) quien lo contrata a Héctor es el gerente de la empresa en la que la víctima trabajaba; 2) el cliente (es decir, la empresa) parece con toda la intención de “colgarle el muerto” al sindicato, que está siendo un poquito más combativo que lo que el buen gusto recomienda…

El tercero es el más “clásico” de todos. Hay una adolescente que intentó varias veces suicidarse. Su madre, una actriz en declive pero aún bastante apetecible, contrata a Héctor para que, a la vez que impide el suicidio, encuentre los motivos de tan inexplicable proceder.

Planteados los tres casos, HBS comenzará a moverse por la asfixiante geografía del DF mexicano. Siempre caminando, bajo el sol o la lluvia, o en “camiones”. Siempre con un libro en el bolsillo. Insomne casi todo el tiempo, va del despacho a casa y de casa al despacho: escritorio que funciona a la manera de esas “camas calientes” usadas por distintas personas a lo largo del día, Héctor lo comparte con un plomero, un tapicero y un ingeniero experto en cloacas (este sólo por las noches). En ese escenario tienen lugar las elucubraciones conjuntas, en las que gracias al humor más la temática más el lenguaje, todo bien local, el lector puede “respirar” México.

La novela se ve atravesada por otros asuntos personales de Héctor: pierde a su madre, recibe una cuantiosa herencia de ella —incómoda según sus convicciones—, debe compartir ciertas decisiones con sus hermanos. Y con ellos se entera, gracias a una memorable carta —verdadera joya, relato dentro del relato— de las aventuras de su padre, vasco, marino y luchador socialista.

Belascoarán Shayne no es un detective cualquiera. Tiene particularidades que lo separan del estereotipo. Por empezar, no le sobra profesionalismo —obtuvo su licencia por correspondencia— y a veces duda sobre su vocación. Le gusta su trabajo, pero hasta ahí nomás. Tampoco parece muy en paz con su pasado de ejecutivo en una multinacional, en franco conflicto con sus convicciones ideológicas. Convicciones que, a mi criterio, son su rasgo más representativo. ¿Cómo las conocemos? Porque en Cosa fácil HBS habla y se mueve y se planta —nunca “reflexiona”— frente a conflictos sindicales, o buscando a una especial figura histórica, o “descubriendo” los ideales de su propio padre, o hasta escuchando música en la radio. Pura pericia del autor: sin que el personaje nos “explique” nada de él, cerramos el libro con la sensación de haberlo conocido.

Gran personaje, de un gran autor. Me los debía a ambos. Menos mal que, como dicen por ahí, “nunca es tarde…”

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PS: si querés saber más acerca del misterio de los tres nacimientos de HBS, no te podés perder esta investigación del amigo Kike Ferrari. ¡Buenísima!


domingo, 19 de febrero de 2012

Por el filo de la navaja


Clientes y abogados defensores mantienen una relación curiosa. Un abogado no siempre quiere saber qué ha ocurrido en realidad. Ello tiene su motivo en nuestro ordenamiento penal: si el defensor sabe que su cliente ha asesinado a alguien en Berlín, no puede solicitar la comparecencia de “testigos de descargo” que afirmen que el acusado estaba ese día en Múnich. Es moverse por el filo de la navaja. En otros casos es indispensable que el abogado sepa la verdad. Conocer la verdad de los hechos puede suponer la ventaja mínima que libre a su cliente de una condena. Que el abogado esté convencido de la inocencia de su cliente no tiene la menor importancia. Su cometido es defender al cliente. Ni más ni menos.

(Ferdinand von Schirach, Crímenes, “Summertime”, Barcelona, Salamandra, 2011)

viernes, 17 de febrero de 2012

Grandilocuencia


Evidentemente, la cuestión no es si uno se cree o no las afirmaciones del acusado. En un tribunal lo que importa son las pruebas. El acusado juega con ventaja: no tiene que probar nada. Ni su inocencia ni la veracidad de sus declaraciones. Pero para la fiscalía y el tribunal rigen otras reglas: no pueden afirmar nada de lo que no tengan pruebas. Suena mucho más fácil de lo que es. Nadie es tan objetivo como para poder distinguir siempre entre una conjetura y una prueba. Creemos que sabemos algo con certeza, nos dejamos llevar empecinados en ello y a menudo resulta todo menos fácil encontrar el camino de vuelta.
En nuestros días, los alegatos han dejado de ser decisivos para la resolución de un juicio. Fiscalía y defensa no se dirigen a un jurado sino a jueces y escabinos. Cualquier voz impostada, cualquier amago de desgarrarse el pecho, cualquier formulación alambicada se consideran inaceptables. Los grandes discursos finales son cosas de los siglos pasados. A los alemanes ya no les gusta la grandilocuencia, han tenido demasiada.

(Ferdinand von Schirach, Crímenes, “El etíope”, Barcelona, Salamandra, 2011)

miércoles, 15 de febrero de 2012

Policías y abogados


A la hora de realizar su labor, la policía parte del supuesto de que no existe la casualidad. El noventa y cinco por ciento de las pesquisas consiste en trabajo de oficina, análisis de las pruebas materiales e interrogatorios a los testigos. En las novelas policíacas, el culpable confiesa en cuanto se le pegan cuatro gritos; en la vida real no resulta tan sencillo. Y si un hombre con un cuchillo ensangrentado en la mano aparece inclinado sobre un cadáver, entonces es el asesino. Ningún policía con dos dedos de frente pensaría que el hombre pasaba casualmente por ahí y extrajo el cuchillo del cadáver para ayudar. Aquella frase de un comisario que afirma que la solución es demasiado simple es un invento de los guionistas. Lo contrario sí es verdad. Lo que es evidente es probable. Y, casi siempre, también correcto.
Los abogados, en cambio, tratan de buscar una brecha en el edificio de pruebas erigido por la acusación pública. Sus aliados son el azar y la casualidad; su misión, impedir que arraigue prematuramente una verdad sólo aparente. Un agente de policía le dijo una vez a un magistrado de la Corte Federal que los defensores no son más que frenos en el coche de la justicia. El juez respondió que un coche sin frenos no sirve para nada. Un proceso penal funciona solamente en el marco de este juego de fuerzas.

(Ferdinand von Schirach, Crímenes, “Summertime”, Barcelona, Salamandra, 2011)

lunes, 13 de febrero de 2012

Sobre una fina capa de hielo

Crímenes, Ferdinand von Schirach



Se sabe que el relato corto participa del origen del género negro. La revista Black Mask, y toda esa movida que acompañó a la Gran Depresión. Y eso para no hablar del estadío evolutivo previo, con Poe y su investigador Dupin. Sin embargo, en mi experiencia personal, el canal ancho de acercamiento al género fue siempre la novela. Incluyendo las de esos mismos autores que publicaban en aquellas revistas baratas. Desde luego, coleccionadicto como soy, he leído más tarde aquí y allá los relatos cortos de Chandler, alguno de Hammet, o de Ross Macdonald. Pero fueron excepciones, breves paseos por las afueras de la fortaleza, para siempre volver a la seguridad de la novela. ¿Será que no hemos tenido por estas latitudas las revistas de relatos tan populares en el norte? Quién lo sabe.

El asunto es que hoy voy a escribir sobre una excelente colección de relatos. Eso es Crímenes, de un autor hasta ahora desconocido para mí, y creo que para muchos lectores en español. Fenómeno de ventas en Alemania, donde creo que ya ha editado un par de libros posteriores a este, Von Schirach es un abogado penalista que ejerce en Berlín, y a quien se le dio por escribir ficciones basadas en/inspiradas en/con elementos de los casos en los que se ha visto envuelto. Y lo hace maravillosamente bien.

Los sucesos que se narran, los personajes que intervienen, todos pertenecen a los ambientes del género negro: prostitutas, políticos de moral dudosa, pequeños traficantes, ladrones, pandilleros skin, asesinos profesionales y amateurs, locos diversos. Lejos de los acristalados rascacielos del poder, monumentos a la eficiencia germana, ellos sobreviven en los fríos y poco hospitalarios barrios de Kreuzberg y Neukölln, márgenes de ese fascinante laboratorio multicultural que es el Berlín post-muro.

Sin embargo, puede haber quien cuestione la pertenencia de los cuentos de Crímenes al género negro. Ya sabemos cómo son los puristas. Pero justamente, creo que ese caminar por el límite, por ese filo, es lo que hace tan bueno a este libro. Porque ese es el tema de esta obra: los límites, su fragilidad, lo etéreos, inasibles y porosos que resultan a menudo, y lo que hace que los seres humanos se encuentren con asombrosa facilidad de un lado o del otro. La “fina capa de hielo que nos separa de una muerte rápida”.

Von Schirach escribe en el atrapante prólogo que tenía un tío, juez penal, que les contaba, de niños, inentendibles casos de homicidios. Todos los empezaba con la misma frase: “La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo”. El tío, juez probo y admirado, veterano de guerra, un día se voló el bocho de un escopetazo.

Ferdinand von Schirach eligió otro camino: esquivar la escopeta escribiendo excelentes cuentos. Que siga así, por su bien y por el nuestro.

Traducción: Juan de Sola

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viernes, 10 de febrero de 2012

Alma Road


Una calle corriente de un barrio corriente donde un hombre cogió un martillo y un cuchillo y asesinó a la hija de otro hombre, a la hermana de otro hombre, a la prometida de otro hombre.
Una calle corriente de un barrio corriente donde un hombre cogió un martillo y un cuchillo y asesinó a Laureen Bell, le reventó el cráneo y le asestó cincuenta y siete puñaladas en el abdomen, en el útero, y una en un ojo.
Y después paró, en esta calle corriente de este barrio corriente.
Por ahora.

(David Peace, 1980, Barcelona, Alba Editorial, 2010, pg 59)

Alma Road - geograph.org.uk - 822342

miércoles, 8 de febrero de 2012

La madriguera del botín


El baile de Navidad, en el Hotel Midland.
Sábado, 13 de diciembre de 1980.
Por las negras calles de la ciudad, bajo las luces rotas, por Palatine, Wilmslow y Oxford Road, el coche oficial negro nos conduce al espacio rojo y dorado, al dinero y a la miel, a la madriguera del botín, cogidos de la mano como nuestros trajes alquilados en el asiento trasero de un coche que no es nuestro, en el reino de la enfermedad y la despoblación, por las negras calles donde cualquiera puede estar muerto dentro de una hora, nos juntaremos con un millar de saludables y alegres ciudadanos de Manchester, borrachos y recluídos en el Hotel Midland, el castillo donde se guarda el botín, una abadía consagrada a los ungidos y autoproclamados Padres de la Ciudad, con sus madres, esposas e hijas de la ciudad, sus amantes secretas, sus putas y sus hijos.

(David Peace, 1980, Barcelona, Alba Editorial, 2010, pg 81)


lunes, 6 de febrero de 2012

El tiempo pasa

1980, David Peace



El tiempo pasa y, luego de 1974 y 1977, estamos en 1980. Sí, vamos por la tercera del Red Riding Quartet, la infernal tetralogía de este deslumbrante autor que es David Peace.

En los oscuros tiempos de la Thatcher, la población del norte de Inglaterra se distrae, aterrorizada por un asesino más palpable, más inmediato, más de tabloid: el llamado Destripador de Yorkshire sigue matando mujeres.

La policía local no está haciendo avances. Peter Hunter, comisario del Gran Manchester, es puesto al frente de un grupo de cerebros para que intervenga en la investigación. Hunter tiene sus fantasmas —está casado pero sufre su imposibilidad de tener hijos—, pero aún así parece de lo más normalito de la serie. Ahora bien, ¿es casualidad o no que los altos jefes justo lo elijan a él para esa tarea? ¿Justo a Peter Hunter, quien poco tiempo atrás investigó asuntos de corrupción interna en la policía de Yorkshire? No esperarán que alguien colabore con él, ¿verdad? ¿Con un policía que investigó a policías? ¿Desde cuándo?

Con la presencia de algunos personajes de las novelas anteriores, y cuyas apariciones van arrojando luz —muy de a poco— acerca de sus destinos, Hunter y su gente se van hundiendo, sin prisa pero sin pausa, en el barro y la locura de los asesinatos más sanguinarios, en las redes de pornografía, en la mugre interna de la policía. Por otras razones, ellos tampoco hacen grandes avances. Pero así y todo “molestan” bastante. A tal punto que en un momento al mismo Hunter se lo implica en los hechos. La cosa se pone brava de verdad para él. Y eso que el misterio del Destripador se resuelve, aunque solo parcialmente, en esta entrega,.

No soy quien para hablar de unidad de efecto en una novela, pero no puedo evitar que ese concepto me venga a la mente. Es que se me hacen muy visibles los recursos que utiliza Peace para lograr lo que logra en la cabeza y en el corazón de los lectores. El estilo es el mismo que le conocemos, tan filoso e hiriente, de frases cortas y reiteraciones que funcionan como mantras dolorosos. El paisaje siempre gris, en el que llueve todo el tiempo. Un mundo en el que resulta imposible siquiera imaginar cualquier chance de felicidad. La locura que todo lo invade, y de la que el Destripador es apenas una de las manifestaciones se explicita de manera punzante en las aperturas de los capítulos. Páginas de una tipografía más pequeña, que parecieran un flujo de conciencia a veces del Destripador, a veces de sus víctimas, llenas de frases inconexas, sin ninguna puntuación y que suelen terminar de manera abrupta.

David Peace vuelve a entregarnos una historia que quita el aire. Y lo quita no tanto por el suspenso —que lo hay también— sino porque la novela resulta opresiva. Ahoga. Uno siente el deseo de aflojarse una corbata inexistente, o de abrir una ventana, o algo. Uno necesita aire.

Quizás este sea un buen resumen de todos los méritos que tiene para mí este Red Riding Quartet. Transmitir al lector esa asfixia, esa angustia, y a la vez tenerlo agarrado para que no deje de dar vuelta una página tras otra.

Quedo a la espera del final del cuarteto, con 1983 —creo que ya publicada en España— para ver cómo cierra esta obra magistral. Y una vez leída esa, ahí sí, si el FBI lo permite, derecho a Cuevana, a por la serie adaptada por la tele británica.

Traducción: Catalina Martínez Muñoz
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domingo, 5 de febrero de 2012

El olor de la justicia


Ya les conté que estuve en el pabellón de los evangelistas y que me convertí a la religión para no terminar siendo un gato en cualquier otro rancho. Pisando el acelerador de la chevy buscando alcanzar a Noé para cagarlo a corchazos me reconocí más religioso de lo que creí que era.
En mis ganas de vengarme estaba la base de mi fe.
Una fe a la que toqué por primera vez en la misma ruta por la que ahora iba quemando el asfalto de esa parte de Corrientes.
Una fe en la justicia que me iba a traer la Itaka cuando saliera del piso de mi asiento.
Justicia divina que me daba el hecho de tener un arma, para sacar chapa de juez y verdugo con un movimiento del dedo índice en gancho.
Y todo porque la justicia huele a pólvora.

(Leonardo Oyola, Chamamé,  Madrid, Salto de página, 2007, pg 106)

viernes, 3 de febrero de 2012

Decálogo


No traicionarás.
No dejarás abandonado a tu compañero en un hecho.
No te encamarás con su hermana.
No descuidarás a su familia.
Será biducha el o los rati con los que pierda tu compañero.
Le pondrás el pecho a la plata y no te comerás los mocos.
Se la darás al que tiene la astilla y nunca al que le hace falta.
No harás ruido.
Cuando tengas la astilla sabrás abrocharte.
Y cuando te toque bailar con la más fea, Guns N’ Roses… serás ciego, sordomudo, como canta la Shakira.

Esos son los diez mandamientos del gremio.



(Leonardo Oyola, Chamamé,  Madrid, Salto de página, 2007, pg 105)

miércoles, 1 de febrero de 2012

Para bailar rocanrol


—Quiero que me enseñes a bailar.
Julia me podía. La verdad, me podía.
—Manejás media hora con cualquiera de los brazos. Con la zurda arrancás justo en el minuto treinta y volvés al cero, contrariando las ajugas del reloj. Marcás de vuelta media hora y de nuevo al minuto cero —la guié dibujando el semicírculo—. La derecha es la que completa los otros treinta minutos del recorrido. La que va de la media hasta la hora. De esto no te olvides nunca: tus hombros y los de tu pareja, siempre paralelos. Estamos corriendo una picada y ninguno de los dos se saca ventaja, ¿entendés?
  
Rockin' it hard 
(Leonardo Oyola, Chamamé, Madrid, Salto de página, 2007, pg 62)