jueves, 30 de agosto de 2012

Dos cajas y una maleta


No existe la Navidad en los países árabes, y para mí significaba tan solo el cumpleaños de mi padre. En cuanto desapareciera él, también lo harían la Navidad, el rencor y el propio calendario. Necesitaba tiempo para que la neumonía de mi padre volviera a él y acabara su trabajo. Pero no lo tuve. El tiempo se escapó de mi lado cuando la policía de Sidi Ifni vino a buscarme y tuve que huir por el patio trasero, y llegar de nuevo a Bilbao para que mi padre me dijera ante la puerta de su casa:
—He metido en esas cajas de ahí todas tus cosas, llevátelas a España, legionario de mierda.
Había dos cajas de cartón y una maleta. Las sacó al descansillo y cerró con fuerza. Aún me estremece el recuerdo de ese portazo, reforzado por la aldaba un instante después. Debería haber llorado, pero me eché la mano al bolsillo y, arrojando unas cuentas monedas contra la puerta, me largué escaleras abajo. Las cajas y la maleta se quedaron allí, yo no quería nada de aquello.

(Willy Uribe, Sé que mi padre decía, Barcelona, Los libros del lince, 2012, pg 17)

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