martes, 10 de enero de 2012

Decisiones


Me declaraba en guerra contra la sociedad, o quizá solamente renovaba mi contienda. Se había acabado la duda y la desazón. Me declaraba liberado de todas las normas, excepto de las que yo quería aceptar, y aquéllas las cambiaría según mis deseos. Cogería todo lo que quisiera. Sería lo que ya era, un delincuente, pero de verdad. Mi decisión de optar por la delincuencia y el abandono absoluto de las constricciones sociales —a menos que la sociedad fuera capaz de imponérmelas a la fuerza— era también mi verdad. Otros podían decidir acaparar tanto poder como pudieran. La delincuencia era mi vida, donde me sentía cómodo y no desgarrado en mi interior. Y aunque era una libre elección, también era mi destino. La sociedad me había convertido en lo que era —y me había aislado, por temor a aquellos que la sociedad misma había creado— y yo me regodeaba en mi condición.  Si se negaban a dejarme vivir en paz, yo no quería hacerlo. En aquella penosa semana había sido desgraciado, desgraciado en mis pensamientos. ¡A la mierda la sociedad! ¡A la mierda su juego! Ni aunque tuviera muchas posibilidades, ¡a la mierda también! Por lo menos me quedaba la integridad de mi alma, tenía control sobre mi pequeña parcela de infierno, por pequeña que fuera, aunque estuviera confinada al interior de mi cabeza.
Cuando llegó la mañana me sentía fuerte; había superado la indecisión.

(Edward Bunker, No hay bestia tan feroz, Barcelona, Sajalín Editores, 2009, pg 156)

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