sábado, 15 de junio de 2013

Un mojado

Nosotros sabemos que matar mujeres es una actividad baja, impropia de un hombre de honor. No es frecuente. Pero se ha hecho y se hará. En 1964, ante las reiteradas faltas al honor de la famiglia cometidas por un miembro femenino de nuestra ndrine se dio la orden. Y se pidió el consentimiento del marido, que aceptó. El asesino podría haber sido cualquiera de la famiglia. Pero quise ser yo el que la matara. Lo pedí como un favor personal y me lo concedieron. Sé que fue un regalo porque muy raramente elegimos el objetivo. Para matarla habían elegido a otro, un giovane d’onore, alguien que no la conocía, aunque no siempre se sigue esa máxima. Costó trabajo que fuera yo el elegido. Ahora tenemos a mujeres en el oficio, cumplen igual que los hombres, pero en aquellos tiempos aquello era impensable. Es muy probable que, de haberse ordenado hoy el castigo, hubieran elegido a una mujer.
No perdí el honor por matarla. Lo perdí porque no maté también a su hermana mayor, mi gran amor, tal como era lógico. Incumplí las órdenes sagradas a las que había jurado servir el resto de mi vida. Y me convertí en un apestado, en un hombre sin honor, un mojado.


(Juan Madrid, Los hombres mojados no temen la lluvia, Madrid, Alianza Editorial, 2013, pág 136)

viernes, 14 de junio de 2013

Juan Delforo y sus libros

Tomamos un par de cervezas en el bar La Joya de la calle Postas, había sido el escenario de la primera novela que publicó Delforo en 1980, Simples besos, más de treinta años atrás. Ya no era como antes —nada es como antes—. Un grupo de tres muchachas bebían vermús y hablaban de algún lugar adonde ir a cenar. Delforo les indicó La Tienda de Vinos, en Augusto Figueroa esquina con Libertad, una de las pocas tabernas auténticas que quedaban en Madrid. No me fijé en las chicas, parecían jóvenes y ruidosas.
[…]
Nos presentamos los cinco. Ellas eran Luna, Penélope y Cristina. La morena que me observaba era Cristina. Su mano suave y fuerte apenas estrechó la mía. Hubo unas cuantas expresiones de asombro cuando supieron que Delforo, en su novela Adiós, Leticia, me había puesto el nombre de Cristino Matos, uno de sus personajes, que es abogado. Luna se acordaba de la novela y argumentó que el personaje, Cristino Matos, era diferente de la persona real que parecía ser yo. En la novela, Cristino Matos era gordito y taimado, abogado de la curia, y yo, delgado y muy distinto físicamente del personaje novelesco.
—Nunca he tenido a la curia como cliente —les dije.
—Libertad del escritor —siguió Delforo—. Nos basamos en personas reales y a partir de ellas creamos los personajes. Yo diría que un personaje novelesco es una especie de Frankenstein, está hecho de trozos de otros personajes, reales o leídos. En realidad, lo que más me gustó de aquí, mi amigo, es su aspecto misterioso. El nombre, Cristino Matos, suena bien, ¿verdad?
—¿Y no le ha importado que lo haya sacado tan diferente? —me preguntó Cristina.
Negué con movimientos de cabeza.
—Mis clientes no leen a Delforo. Además, no terminé la novela; en cuanto me di cuenta de en lo que me había convertido, perdí el interés por ella. La peor venganza que se puede hacer a un escritor es no leerlo. ¿Verdad?


(Juan Madrid, Los hombres mojados no temen la lluvia, Madrid, Alianza Editorial, 2013, pág 86-pág 91)

martes, 11 de junio de 2013

De lluvias y destinos

Los hombres mojados no temen la lluvia, Juan Madrid

El creador de Toni Romano vuelve con esta historia, ganadora del XIV premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones. Como admirador confeso de su obra, no tardé en conseguirme un ejemplar.

Conocí entonces a Liberto Ruano, su protagonista y uno de los narradores. Líber es un abogado de mediana edad, que ejerce en Madrid. Tiene como socio a Feiman, un argentino exiliado desde la época de la dictadura. Crisis de por medio, al bufete no le sobran los clientes: Líber está por estos días más flexible a la hora de elegirlos. Para un abogado soltero, liberal y muy mujeriego, esto puede ser un arma de doble filo. Ruano y Feiman lo comprueban cuando, recomendada por una amiga del primero, llega al bufete Jenifer. Ese no es su nombre real sino el que la chica usa para trabajar de prostituta en los hoteles de Madrid. El asunto que la trae tiene relación con un DVD comprometedor, un intento de chantaje, un hombre poderoso. Y amenazas. Serias amenazas. Tan serias que Jenifer no tarda en aparecer asesinada en su departamento. ¿A quién se lo señala como sospechoso? A Liberto Ruano.

También conocí a Aurelio Pescador. Aurelio es calabrés, descendiente de españoles que se asentaron en la península hace un par de siglos. Habla poco Aurelio —en la novela, y en general—, pero supe que es un asesino que trabaja para la mafia calabresa, la ‘ndrangheta. Viene haciendo su trabajo en España desde los años sesenta. Eran otros tiempos, florecientes de negocios sucios. Igual que ahora, sólo que Aurelio ahora está viejo y por retirarse. Apenas hace algunos trabajos de investigador para un bufete de abogados. El de Ruano y Feiman, por supuesto.

En la búsqueda de entender lo que le pasó a Jenifer, Liberto se sumerge en una red en la que aparecen las grandes corporaciones, los bancos y las vinculaciones de estos con la mafia calabresa. Esta es la trama negrocriminal de la novela. Pero no es la única. Porque paralelamente vamos conociendo —gracias también a la voz de Aurelio— aspectos de la vida del propio Liberto. Zonas grises de su historia. Sus tortuosas relaciones con las mujeres. Su afición por las prostitutas. Una madre que muere joven y que visita sus sueños. Una nodriza que lo cría y lo enamora. La casona familiar intacta y solitaria, reliquias de significado borroso. En suma, un destino que Liberto va descubriendo y del que no podrá liberarse (releo esta frase y pienso en la importancia de elegir un nombre para un personaje).

Como en varias de sus novelas, en Los hombres mojados… vuelve a aparecer el alter ego del autor, el escritor Juan Delforo. Los brillantes diálogos entre Liberto y Delforo —antiguo cliente del abogado— recorren la actual crisis, la política, la ideología y la literatura. No sólo la de Nabokov, Hemingway, Flaubert o Borges, sino también la del propio Madrid, en un guiño cálido para los que admiramos y conocemos su obra. Pero aquí además aparece el dueño de una pensión de Salobreña, “El Jardín de las Letras”, que se llama Juan y es escritor. Cualquier parecido con la realidad…   

Debo decir que como lector suyo que soy tengo una sospecha: mucho, muchísimo más allá de una trama negra de corrupción, más allá del drama familiar de Liberto Ruano, esta es una novela de Juan Madrid y sobre Juan Madrid. Voy a tratar de explicarlo así: casi siempre me pasa con las novelas del malagueño —bastante más en esta ocasión— que no puedo evitar identificar a sus personajes con el propio Madrid. Por supuesto, no lo conozco personalmente al escritor. Aunque no creo que ninguno hable como él —y allí reside el gran mérito—, imagino que Juan Madrid tiene algo de Toni Romano, algo de Liberto Ruano, mucho de Juan Delforo. Que los escenarios que sus personajes transitan y aman son los mismos que él ama transitar, una Madrid actual que duele, una que ya no está y se añora. En suma, no me extrañaría que Juan Madrid fuera un gran amigo de sus propios personajes, que tuviera con ellos coincidencias filosóficas, ideológicas, gastronómicas, etílicas. En fin, un comentario personal de escaso interés desde lo crítico, pero que quise escribir porque creo que dice algo acerca de este gran autor y sus historias. Y porque encontré que no soy el único que sintió esto al leer Los hombres mojados no temen la lluvia: el escritor Jesús Lens, que parece que lo conoce bastante a Madrid, lo dice mucho mejor que yo en este comentario publicado en su blog.


Con los mismos diálogos perfectos de siempre, de estilo seco y máxima eficacia, con sus personajes nuevos y conocidos, con su intransigente visión del calamitoso estado de situación, Los hombres mojados no temen la lluvia es un Juan Madrid en estado de máxima pureza. Altamente recomendable.

5/13

sábado, 1 de junio de 2013

El Manosquietas

Fuera del chabolo llueve y hace calor, pero hace invierno. Me cago en la puta madre que parió al Perdigón y al Bellezas. No, no llueve. Es mi sudor, que me gotea el cuello de la camisa. Me cago en. Lo tenía que haber rajado de medio a medio. Los rumanos, como siempre, están sentados a las puertas de sus chabolos, como las viejas. Se protegen unos a otros. Se miran cuando paso. A estos no les agencio yo ni un potito bledine. ¿Me conocéis? No. ¿No? Pues no mirar para mí, que me desgasto. Pero miran. Miran azules desde sus sillas de tijera plantadas en las puertas de las casas. Coches pasan despacio, buscando. El mío, ¿dónde está? Se me caen al barro las llaves del coche y los rumanos vuelven a mirar. Mierda puta. Con un chino me apañaba. Si el Perro no se hubiera cargado al tonto, todo seguiría igual, y ahora no me estaría pasando esto a mí, el Manosquietas, el chulo del Manosquietas. Nadie me veía mover la mano. Nadie. Sólo se enteraban de que la había movido cuando se les clavaba la chirla. Y la sacaba tan rápido que nunca el puño de la camisa se me ensuciaba de sangre. Por eso me pusieron Manosquietas, digo yo. Por eso me lo pusieron.
—Y, cuando el tío se dio cuenta de que le habían rajado la madre y se cayó de rodillas, el Manosquietas ya estaba en el bar de al lado pidiéndose su orujo con la faca limpia en el bolsillo de atrás.
Esas cosas se decían de mí. Esas cosas. Y no las decían mis compadres, ¿eh? Las decía la gente. La opinión pública, ¿eh? Y yo sin escucharles, con mi faca limpia en el bolsillo del culo, como un picador de Las Ventas. Y ahora este hijoputa del Perdigón que ha estado rebajándome. Delante de sus propios hijos. A ver, cuando se hagan grandes, qué cara tú pones cuando los entierres de mano mía, Perdigón. A los tres. Que quien calla no se olvida, Perdigón. Que no se olvida el que se calla.

(Aníbal Malvar, La balada de los miserables, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 250)


viernes, 31 de mayo de 2013

O´Hara por Madrid

Los pasos chulescos y algo saltarines de O’Hara, ese andar con suavidad y desenvoltura de fumador de opio, llamaban inconscientemente la atención de los viandantes sobre su persona. Por esas calles sólo transita la elegancia de piernas largas de la niña compulsiva que corre a hacer su primera compra; el aplomo de los hombres con maletín que suelen estar a punto de dirigir el mundo; la aristocracia contagiada de las criadas de casa bien; el servilismo estatutario de los porteros; la sexualidad feraz de las secretarias al ser vomitadas por la boca del metro que las ha traído mojando braga desde cualquier medioburgués  extrarradio hasta la cima del mundo, y palabras embusteras disfrazadas de hedge funds y cash flow.
Y O’Hara en el medio. Con sus gafas de sol horteras compradas a un chino por cuatro pavos. Los rizos despeinados de haber pasado otra mala noche. Su ropa desplanchada de soltero. Un cigarro algo torcido en la boca. Barba de dos desvelos deslavando su cara. A O’Hara nunca le habían agradado los servicios diurnos en los barrios pijos. De los barrios pijos sólo le interesaban, profesionalmente hablando, las criadas liberadas del atardecer y los adolescentes asesinados a golpes por porteros de discoteca muy pasados de testosterona y farla.

(Aníbal Malvar, La balada de los miserables, Madrid, Ediciones Akal, 2012, pág 204)